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Catedral de El Salvador y de Santa María

Catedral de El Salvador y de Santa María

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En el brazo meridional del transepto, frente al sepulcro del santo, se encuentra un gallinero, obra gótica de fines del siglo XV. En el gallinero, facilitadas tradicionalmente por la localidad de Gallinero de Rioja, siempre hay una pareja de aves vivas: un gallo y una gallina de plumas blancas, que recuerdan uno de los milagros más famosos atribuidos a santo Domingo y, tal vez, el que más predicamento tuviera entre los peregrinos a Santiago, dado que ésta era la condición de sus protagonistas.
Según la tradición, se dirigía a Compostela un matrimonio con su hijo de dieciocho años, llamado Hugonell. Procedían los tres peregrinos de Ad Sanctos (diócesis de Münster, hasta 1821 Arzobispado de Colonia). Llegados a Santo Domingo de la Calzada, se dirigieron con devoción a rezar ante el sepulcro del santo, tras lo cual marcharon a un mesón donde hospedarse y pasar la noche. Parece ser que la hija de los mesoneros se enamoró del joven Hugonell, pero ante la indiferencia del muchacho, decidió vengarse de éste y le introdujo una copa de plata en su equipaje, hecho que denunció como hurto en el momento en que los viajeros emprendían su camino.
De acuerdo con las leyes vigentes en la época (Fuero de Alfonso X el Sabio), el Corregidor castigó el robo con la pena de muerte y el inocente fue ahorcado. Una vez cumplida la sentencia, sus padres, apenados, continuaron el peregrinaje hasta Santiago. De vuelta, al pasar de nuevo por la ciudad calceatense, fueron a despedirse de su hijo, cuyo cuerpo aún pendía de la horca. En esos momentos, el joven habló y les narró a sus padres cómo Santo Domingo le había sostenido milagrosamente durante todos esos días, salvándole así la vida.
Los padres, consideraron el milagro como prueba irrefutable de su inocencia, y corrieron a casa del Corregidor a transmitirle lo que su hijo les había contado. Ante ello, el incrédulo juez les contestó que «su hijo estaba tan vivo como el gallo y la gallina asados que él se disponía a comer». En ese preciso instante, ambas aves saltaron del plato y, cubiertas de plumas, comenzaron a cantar. Reconocida la inocencia del joven, fue descolgado de la soga y pudo proseguir el viaje a Alemania con sus padres.
Desde entonces y en recuerdo de este suceso, se recitan los versos: «Santo Domingo de la Calzada, donde cantó la gallina después de asada».